Page 22 - CarismaVida_6
P. 22

Hagan esto en memoria mía”[5] Después tomó en sus manos el cáliz del vino y les dijo: “Tomen y beban todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes”[6].
El Santo Padre continúa en la introducción y el primer capítulo del documento con las siguien- tes ideas:
En el don Eucarístico, Jesucristo entrega a la Iglesia la actualización perenne del misterio Pas- cual. Con él, instituyó una misteriosa “contem- poraneidad” entre aquellos días y el transcurso de los siglos. Este pensamiento nos lleva a sen- timientos de gran asombro y gratitud. El aconte- cimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una “capacidad” verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la re- dención. Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia reunida en la celebración eucarística.
Con la presente Carta encíclica, el Papa San Juan Pablo II declaró: Deseo suscitar este asombro eucarístico,... en el alba de este tercer milenio, invitando a toda la Iglesia a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de una nueva evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarís- tico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, “misterio de luz”. Cada vez que la Iglesia la ce- lebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los discípulos de Emaús: “Enton- ces se les abrieron los ojos y le reconocieron” (Lc 24,31).
Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento cen- tral de salvación y “se realiza la obra de nuestra redención”. Este misterio de fe es tan decisivo para la salvación del hombre, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Esta es la fe que hemos vivido durante siglos de gene- raciones cristianas. Deseo, una vez más, llamar la atención sobre esta verdad, poniéndome con vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de Misericordia. ¿Qué más po- día hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega “hasta el extremo” (Jn 13,1), un amor que no tie- ne medida, dice el Papa en su Carta.
[1] JUAN PABLO II, Carta Encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía” del 17 de abril del 2003, n. 10.
[2] Mt 28,20. Todas las citas están tomadas de la Biblia de Nuestro Pueblo, traduc- ción de Luis Alonso Schökel.
[3] Concilio Ecuménico Vaticano II. Constitución Dogmática Lumen gentium n. 11 [4] Concilio Ecuménico Vaticano II. Decreto Presbyterorum Ordinis, n. 5
[5] cf. 1 Co 11,24; Mc 14, 22; Lc, 22, 19; Mt 26, 26.
[6] Cf. Mc 14,24; Lc 22,20; 1Co 11,24.
[7] La información se tomó de: www.mercaba.org/ARTICULOS/historia_de_la_de- vocion_eucaristica.htm es de José Ma. Iarburu
[8] Admoniciones 1: El Cuerpo del Señor, n. 10-11.
[9] Cf. Carta Encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”, n. 20.
Rasgos históricos de la devoción eucarística [7].
En los inicios del cristianismo la Misa se celebraba sólo los días domingo, pero ya entre los siglos II al IV se generalizó de manera paulatina la Misa diaria. En los primeros tiempos, se hacía de forma privada con la fi- nalidad de hacer comunión con los enfermos, presos y ausentes, lo que se llamó, Viático.
Hacia el año 400 se dispone que las especies sean lle- vadas a un sacrarium. El sínodo de Verdun, del siglo VI, manda guardar la Eucaristía en un lugar eminente y ho- nesto y se debe tener una lámpara siempre encendida. El papa San León III (+816) en su devoción a la Eucaristía celebraba con frecuencia hasta nueve Misas en un mis- mo día. Pero varios concilios moderan y prohíben estas prácticas excesivas. El Papa Alejandro II (+1073) prescri- be una Misa diaria para los sacerdotes.
San Francisco de Asís es uno de los principales pro- motores de la devoción eucarística de su época (1182- 1226). Poco antes de morir en su Testamento, pide a todos sus hermanos que participen siempre de la in- mensa veneración que él profesa hacia la Eucaristía: “...Y lo hago por este motivo; porque en éste siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y solo ellos administran a los demás. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y vene- rados por encima de todo y colocados en lugares pre- ciosos”[8].
Esta devoción eucarística, tan fuerte en el mundo fran- ciscano, marca una huella muy profunda, que dura has- ta nuestros días en la espiritualidad de todas las órdenes franciscanas, es debido a esta espiritualidad eucarística, que la iconografía tradicional representa a Santa Clara de Asís con una custodia en la mano.
Finalmente, vale la pena mencionar alguno de los frutos de la Eucaristía; quizá el más significativo es la trans- formación del hombre y del mundo, así lo menciona el Papa San Juan Pablo II: “Una consecuencia significativa de la Eucaristía es que da impulso a nuestro caminar histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas. En efecto estimula nuestro sentido de responsabilidad en la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios”[9].
22


































































































   20   21   22   23   24