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nombre de asuntos más importantes, entonces fra- casan precisamente esas cosas presuntamente más importantes. No sólo lo demuestra el fracaso de la ex- periencia marxista.
Las ayudas de Occidente a los países en vías de desarrollo, basadas en principios puramente técni- co-materiales, que no sólo han dejado de lado a Dios, sino que, además, han apartado a los hombres de Él, con su orgullo del sabelotodo, han hecho del Tercer Mundo el Tercer Mundo en sentido actual. Estas ayu- das han apartado las estructuras religiosas, morales y sociales existentes y han introducido su mentali- dad tecnicista en el vacío. Creían poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en vez de pan. Está en juego la primacía de Dios. Se trata de reconocerlo como realidad, una realidad sin la cual ninguna otra cosa puede ser buena. No se puede gobernar la historia con meras estructuras materia- les, prescindiendo de Dios. Si el corazón del hombre no es bueno, ninguna otra cosa puede llegar a ser buena. Y la bondad del corazón sólo puede venir de aquel que es la Bondad misma, el Bien (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).
Las tentaciones de Jesús en el desierto reflejan su lucha interior por cumplir su misión, pero al mismo tiempo surge la pregunta sobre qué es lo que cuen- ta verdaderamente en la vida humana. Aquí aparece el núcleo de toda tentación: apartar a Dios que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales y dejar de lado a Dios como algo ilusorio... ¿Es Él mismo el Bueno, o de- bemos inventar nosotros mismos lo que es bueno? (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).
Es común pensar que para que haya una sociedad justa, se requieren estructuras sociales, económicas y políticas “perfectas”. Y Dios no ha sido lo suficien- temente eficaz. De tal manera que “el principal peligro es la falta de capacidad para reconocer que somos imperfectos y que las cuestiones humanas son por tanto imperfectas. El ansia de lo perfecto es enemigo de lo bueno que se hace a diario” (Joseph Ratzinger. Iglesia, ecumenismo y política), de la vida tal como se nos regala cada mañana desde el Cielo. Si las co- sas buenas y los buenos corazones no son suficien- tes, entonces nada lo será. Esa “perfección” será una amarga utopía.
Así pues, “cuando fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el justo?”. Desde luego que no se trata de anes- tesiar la crisis con nuevas teorías o palabras bellas, a veces una actitud de silencio dice más, porque en él se entra en la verdadera crisis, en el verdadero
drama: la vida no es una narrativa sencilla, sino un drama entretejido del encuentro entre la libertad di- vina y la libertad humana, y en esa crisis estamos de algún modo siempre, porque no podemos negar ni sustituir la libertad. Pero la pregunta que se nos exi- ge responder ante las situaciones límites es, ¿qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana?; el salmista solemnemente responde: “el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro”.
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