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Facultad de Ciencias Humanas
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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 10, No10, DICIEMBRE 2011
En el prólogo de su obra, Cervantes refiere que concibió el texto en la cárcel, durante las ocasiones en que estuvo privado de su libertad en 1592 y 1597. En una época en la que la novela española y francesa habían exprimido hasta el cansancio la épica hasta derivar en la variante de la caballería, el autor sintetiza su principal aportación al género defendiéndose ante las posibles críticas a su obra, señalando acertadamente que su texto es “una in- vectiva contra los libros de caballerías” (Cervantes, 2007, p. 13), es decir, una crítica severa y burlesca hacia libros como el Amadís de Gaula, entre mu- chos otros, que retomaban elementos de la novela picaresca como el Lazarillo de Tormes y los poemas épicos como el Cantar del Mío Cid, pero llevados a tal extremo de la fantasía que su valor literario ya resultaba cuestionable.
En Don Quijote, Cervantes plasma no sólo la len- gua castellana de su época, sino también una jerga pseudo-medieval para parodiar el léxico de los textos caballerescos. Junto a ello y quizá sin habérselo pro- puesto, el autor hace en el Hidalgo un retrato de las costumbres y tradiciones de la época, de la que sobre- sale el uso constante de dichos y refranes, tanto en voz propia como en la de Sancho Panza, su escudero, que reflejan la inagotable creatividad y sabiduría popular, muchos de los cuales siguen siendo de uso común.
A pesar de su postura crítica hacia las novelas de caba- llerías, sin mayor propósito que el divertir y deleitar, Cervantes logra un texto con una complicada estruc- tura que amalgama varios géneros literarios: textos de origen pastoril –églogas-, poesía –sonetos-, canciones, romances, drama, aventura, comedia, poemas épicos... También presenta recursos que son complejos para su época: por momentos se refiere a sí mismo y a su obra de manera impersonal; en otros, “juega” a ser el autor, editor, traductor y hasta comentarista de su propio texto.
Justamente el recurso de la pérdida del manuscrito original, encontrado y recuperado casi por casualidad, es también una parodia de los libros de caballerías, además de una medida precautoria por parte del mismo Cervantes cual si quisiera desembarazarse de las implicaciones del texto, en caso de tener algún problema con las autoridades civiles y eclesiásticas, toda vez que los libros de la época debían pasar por el escrutinio y privilegio real.
Tal creatividad queda manifiesta, además, porque desde el prólogo Cervantes se autodefine como el pa-
drastro de Don Quijote: atribuye al supuesto historiador moro Cide Hamete Benengeli la autoría real de la obra, posteriormente un morisco toledano le ayuda a traducir el texto una vez que logra recuperarlo y finalmente él mismo se aparece como una suerte de compilador, justificando además, los posibles errores del documento por causa de las varias versiones del mismo.
Martín de Riquer, en su Aproximación al Quijote (1971), señala que no hay en el texto una trama propiamente dicha, “sino un constante sucederse de episodios, por lo general desvinculados el uno del otro, pero fuerte y há- bilmente organizados alrededor del héroe” (De Riquer, 1971, p. 43), pues contrario a lo que su título sugiere, no se trata sólo de la vida, obra y desventuras de Alonso Quijano transformado en el Hidalgo manchego, sino que éste, al mismo tiempo, es el hilo conductor sobre el cual se van tejiendo otras historias alternas.
Así, en la primera parte del texto conocimos las historias de Andrés y su amo; el ventero, su esposa y Marítones; Grisóstomo y Marcela; Cardenio y Luscinda; Fernando y Dorotea; Zoraida y Ruy Pérez de Viedma; Juan Pérez y Clara, Clara y Luis, así como Leandra y Vicente. En varias de éstas, el caballero andante viene a ser la parte mesurada y prudente, contrario a lo que piensan de él quienes le rodean.
Ahora bien, mientras que Don Quijote es el fiel ejemplo del hombre que es capaz de dar la vida por la defensa de sus ideales y el amor hacia su señora, su leal escudero Sancho Panza viene a ser la representación de la vida real, práctico y materialista, pero que lejos de ser su con- traparte cómica, terminan siendo su complemento, de tal suerte que por momentos el mismo Sancho padece y sucumbe a los devaneos de su amo, aunque no deja de admirarle la firmeza de sus disparatados propósitos.
“Y del poco dormir y del mucho leer, se le secó el seso...”
Curiosa resulta la descripción física que hace Cervantes del Hidalgo manchego, a quien Sancho Panza llamó “El Caballero de la Triste Figura”, pero no menos cu- riosas son las razones que esgrime para justificar su locura. Alto y desgarbado, “frisaba la edad de nuestro Hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madru- gador y amigo de la caza...” (Cervantes, 2007, p. 28) y tal vez, como apunta Rico, los rasgos de Don Quijote coincidían con el temperamento colérico y melancólico de la medicina antigua.


































































































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