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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 10, No10, DICIEMBRE 2011
Facultad de Ciencias Humanas
Quienes le rodean –su sobrina, su ama de llaves, el barbero y hasta el cura- acusan a los libros de caballerías de provocar su personalidad trastorna- da. Los libros de caballerías debían confinarse a la hoguera, pues a su decir, eran “herejes, cismáticos... mentiras llenas de devaneos y disparates, porque todo es compostura y ficción de ingenios ociosos, que los compusieron para el efecto que vos decís de entretener el tiempo, como lo entretienen leyéndo- los vuestros segadores...” (De Riquer, 1971, p. 46).
Situación por demás digna de mencionarse, pues la letra impresa, aun siendo de mala calidad, suele llevar dentro de sí cierta noción de veracidad, especialmente para aquellos sectores de la sociedad que no habían tenido la oportunidad de recibir un grado suficiente de alfabetización y que sólo disponían de la palabra como principio inobjetable de certeza y autoridad.
Pero llama la atención que en Alonso Quijano1, la locura vista por muchos da paso a momentos de lucidez, plagados de consejos y máximas que dan lugar a una verdadera filosofía de la vida, como pue- de verse en sus palabras a la defensa de la libertad de Marcela, su disertación sobre las ventajas del Siglo de Oro o el prolijo discurso sobre las armas y las letras: “fuera de las simplicidades que este buen Hidalgo dice tocantes a su locura, si se le tratan de otras cosas discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento claro y apacible en todo, de manera que como no le toquen en sus caballerías, no habrá nadie que le juzgue sino por de muy buen entendimiento” (Cervantes, 2007, p. 309).
La locura de Don Quijote, empero, dista mucho de serlo. Si hemos de calificar como tal a la permanente e irreversible ruptura con la realidad, Alonso Qui- jano no presenta dicho síntoma, pues él sí es cons- ciente de todo cuanto hace y asume como propias las reglas de caballería dentro de su ideal particular: ese mundo en el cual se respeta a la vida y se vive en armonía con la naturaleza; donde la palabra empeñada se cumple aún sin estar escrita; donde la mujer amada es merecedora de todo respeto. Por lo contrario, son los demás quienes, para la lógica de Don Quijote, se niegan a cumplir con sus reglas, de ahí que su locura sea transitoria y supeditada a determinados momentos y circunstancias.
1 Quijana, Quijada, Quesada, Quijano... Numerosas son las referen- cias que se hacen al nombre real del Quijote. Pero al final de la se- gunda parte, se menciona la muerte de Alonso Quijano, el Bueno.
Don Quijote es, pues, “un idealista de alma ardiente y un luchador activo en los caminos” (Basave, 1959, p. 91). En su imaginación la realidad se transmuta; acaso él mismo la ajusta a su realidad de caballero andante y lo sensorial se hace a un lado para dar paso al mundo ideal.
Por eso nos obsequia con las más inverosímiles aven- turas: los molinos de viento que él ve como gigantes de varios brazos (ver imagen 4); el rebaño de cabras que para él son dos ejércitos en combate; la noria cuyo ruido le hizo admitir –no sin algo de contra- riedad- que aún un Hidalgo puede sentir temor; la mágica medicina que a él beneficia pero a Sancho enferma, e incluso confundir vino derramado con la sangre que emana de sus heridas de batalla.
Las posadas son castillos, las campesinas son ilustres doncellas, sus desventuras se deben a las malas artes de algún hechicero celoso, lo cotidiano y vulgar se vuelve noble y distinguido dentro de su exaltada imaginación... Justamente en este rasgo encontra- mos una característica de la humanidad y buenos propósitos de Alonso Quijano, para quien su razón de ser era la transformación del mundo a su mundo, un mundo mejor, revalorando al género humano a partir del amor para defender a aquéllos a los que nadie defiende.
Por eso no podemos afirmar la locura de Don Qui- jote, sin tomar en cuenta que ésta tenía dentro de sí el amor devoto como una aspiración superior. Y no sólo el amor cortés, apacible, respetuoso y algo tímido de un Hidalgo hacia su dama, sino el amor en todo sentido y a todas las manifestaciones de vida, es decir, hacia Dios. Si Alonso Quijano perdió el juicio leyendo, luego la locura lo llevó al amor, puesto que al hacerse caballero, Don Quijote buscó además de sus armas y de su caballo, “...una dama de quién enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma”.(Cervantes, 2007, p. 33).
Salvador de Madariaga, en su Guía del lector del Quijote (1978), señala que el valor psicológico de la obra radica en que sus protagonistas sintetizan dos modos de ser propios de la conducta humana: el constante oscilar entre la realidad cruda y la fantasía idílica, representados por ambos personajes princi- pales, de tal suerte que Don Quijote encuentra en Sancho una perfecta contraparte. Sancho cree en el Hidalgo, movido por la esperanza de la ínsula y las riquezas que le ha prometido; Don Quijote vuelca

