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Cuando
fallan los cimientos
Por Ricardo Morales Rossell
“Cuando fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el jus- to?”. En este fragmento del salmo 10 (“El Señor, espe- ranza del justo”), encontramos a un judío, hermano en la fe, que sufre. Él pide consejo a sus amigos y recibe como respuesta: “Escapa como un pájaro al monte”... Pero el salmista rechaza el consejo: “A ti Señor me acojo, ¿por qué me decís: “Escapa como un pájaro al monte”... Y termina: “Porque el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro”.
La experiencia del salmista nos pone ante nuestra propia realidad: nadie escapa de los momentos de crisis. Pero quizá no se trata de huir de la crisis, sino ahondar en ella; sólo así se conservan los auténticos cimientos, aquello que verdaderamente nos sostiene y da sentido.
En México podemos hablar cotidianamente de crisis: política, económica, social; ¿qué podemos decir a ello desde la fe?
El Papa Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret, hace una reflexión en torno a las tentaciones de Jesús en el desierto. “Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre” (Mt 4,2). La primera tentación dice así: “Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes” (Mt 4,3).
¿Qué es más trágico, qué se opone más a la fe en un Dios bueno y la fe en un redentor de los hombres que el hambre de la humanidad?
El primer criterio para identificar al redentor ante el mundo y por el mundo, ¿no debe ser que le dé pan y acabe con el hambre de todos?, ¿no es el problema de la alimentación del mundo y, más en general, los problemas sociales, el primero y más auténtico cri- terio con el cual debe confrontarse la redención?. El marxismo ha hecho precisamente de este ideal –muy comprensible - el centro de su promesa de salvación: habría hecho que toda hambre fuera saciada y que “el desierto se convirtiera en pan”.
La respuesta de Jesús a este desafío “Si eres Hijo de Dios...”, nos pone ante lo central: “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Hay una jerarquía de bienes clara: pri- mero el Bien Sumo que es Dios. Cuando no se respe- ta esta jerarquía o se invierte, ya no hay justicia, ya no hay preocupación por el hombre que sufre, sino que se crea desajuste y destrucción también en el ámbito de los bienes materiales.
Cuando a Dios se le da una importancia secundaria, dejándolo de lado temporal o permanentemente en
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