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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 8, No8, DICIEMBRE 2009
Ciencias Económico Administrativas
Y es aquí, precisamente, donde se funden la axio- logía –la disciplina que versa sobre los valores- y la ética –también llamada Filosofía Moral-; es decir, los valores y las virtudes. Así pues, todo lo que es, por el simple hecho de ser, vale o tiene valor; mientras que la moralidad, estudiada bajo la óptica de la ética, añade mayor valor a todo lo que es. Porque, como dice López de Llergo, “la sociedad que sólo reconoce algunos valores, se afinca en los que reconoce, pero no potencia a otros, porque los valores no son comunicantes como las virtudes” (López de Llergo, 2001b, p. 161). En otras palabras, nos quedamos anclados bajo ciertos paradigmas que nos impiden adoptar otros.
De aquí, la importancia y trascendencia de una adecuada educación, tanto en valores como en virtudes, para lograr ser verdaderos líderes; en una educación sabia que nos permita discernir a todos los seres humanos, trátese de chinos, mexicanos o uruguayos, entre lo bueno y lo malo, lo trascen- dente o intrascendente, para alcanzar nuestro fin último objetivo. Porque, citando a López de Llergo, “la capacidad de apreciar todo tipo de frutos se da en plenitud sólo en las personas, quienes tam- bién producen los más excelsos y pueden cuidar, conservar y modificar tanto los propios como los ajenos” (López de Llergo, 2001a, p. 3). Pues la inte- ligencia, como promotora de valores, nos ayudará a conocer y comprender la realidad y a realizar nuestras correctas valoraciones –juzgar, liderar, ordenar, dirigir, jerarquizar, clasificar- y, como promotora de virtudes, nos presentará la verdad como bien para la voluntad, al mismo tiempo que profundizamos en el conocimiento de esa misma verdad. Por su lado, la voluntad será promotora de valores para que estimemos, prefiramos y asumamos el buen ejemplo y, como promotora de virtudes, consigamos el Bien y sostengamos la actividad de la inteligencia en la búsqueda de la Verdad (Ocampo, 2005).
Y, de igual forma, el ser humano, a través de su inteligencia y voluntad, debe tener pleno y absoluto dominio de sí mismo, de su persona, de su ser (Lowney, 2004; Drucker, 1992). Puesto que: “el futuro no está de antemano asegurado, pero siempre cabe confiar en la capacidad de los hombres para configurarlo dignamente” (Llano, 1985, p. 191). Para poder liderar a otros, primero hay que saberse autoliderar. Porque, como men- ciona Peter Eigen:
Las sociedades democráticas se sostienen en una sutil y frágil red de confianza. Confianza en que las reglas del juego serán respetadas, en principio, por todos; confianza en que existen instituciones imparciales que garantizan el respeto y sancionan los incumpli- mientos de las normas; confianza en que las políticas públicas tienden a buscar el bienestar colectivo y no el de unos pocos. Y para que esa confianza exista y se renueve, se requiere, entre otros factores, un go- bierno que respete los valores que proclama. Frente a ello, es evidente que una de las mayores amenazas para poder sostener tal red de confianza es la corrup- ción, en general, y, sobre todo, la corrupción de los gobiernos (Eigen, 2004, p. 133).
Transformar, mediante un programa de acción personal –la educación-, la vida del hombre singular, donde se perpetúan los cambios radi- cales y verdaderos, esa, es la fundamentación de cualquier liderazgo y de todo líder (Senge, 2004). Porque el hombre no es producto de la sociedad sino, más bien, quien forma y da consistencia a ésta (Llano, 1998).
Conclusión
El hombre, la persona humana, es un ser inte- gral y, por ello mismo, uno y múltiple, complejo y paradigmático. Y, así, dos son las facultades que distinguen a éste de los demás animales: su inteligencia y su voluntad. A través de ellas, del saber y del querer, el hombre es dueño y señor de su diario actuar, es libre, se autodetermina y autolidera. Pero el hombre no vive sólo, vive en sociedad, en alteridad con otros hombres que, aunque pertenecen al mismo género, piensan y actúan de diversas maneras.
La naturaleza humana –sus inclinaciones- es la esencia de la persona humana. Esa dignidad hu- mana es el fundamento de los derechos que la naturaleza da o atribuye al ser humano. No es una repartición o atribución humana –positivista-, por mediación de poder sino, más bien, el derecho na- tural que como persona humana le corresponde. Crisol bajo el cual, todos somos líderes.
Así pues, el hombre debe seguir y conformarse a la ley natural, a aquel conjunto de dictámenes o reglas imperativas de la razón humana, que


































































































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