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Ciencias Económico Administrativas
enunciar que la realidad social de nuestro tiempo se encuentra borrosa. No se discierne bien en ella el hilo conductor que relaciona la realidad del hombre y la realidad social, ya que “una sociedad compulsiva es aquella en la que la sociología, en cuanto análisis de las sociedades y de su compor- tamiento estadístico, prevalece sobre la antropo- logía, que es la comprensión del hombre como tal” (Llano, 1998, p. 12). Una sociología, además, que trata de detectar las tendencias del hombre –cómo se comporta- para seguirlas, en lugar de una antropología que intenta entender cómo es el hombre, para orientarlas.
Por lo tanto, es menester primero resolver el problema del orden humano individual, el del hombre –el autoliderazgo-, para posteriormente resolver el problema del orden social; es decir, el de la sociedad –el liderazgo social-. Puesto que el ser humano, a través de su inteligencia y de su vo- luntad, debe tener pleno y absoluto dominio de sí mismo, de su persona, de su ser (Lowney, 2004). En este orden de ideas, cada quién debe ser líder de su propia existencia y vida para, después, intentar liderar la de otros.
El autoliderazgo humano
El hombre es un animal racional ordenador in- dividual de su conducta –autolíder-, para luego convertirse en un animal político –líder-, ordena- dor de las instituciones sociales. El hombre debe ser guiado, antes que nada, por su inteligencia racional –razón y voluntad-. Articulación entre la inteligencia, que orienta nuestra conducta sujetán- dose a las leyes morales de valor trascendental y esas mismas leyes morales en cuanto que inhieren en la inteligencia en forma de conciencia moral, de dictamen individualizado sobre lo que hay que hacer, de tal manera que cada ser humano sea su propio líder (Llano, 1998).
La razón corresponde a la voluntad de tener una visión coherente de los fenómenos, de las cosas y del universo (Drucker, 1992). La razón tiene un aspecto indiscutiblemente lógico. Pero, aquí también, podemos distinguir entre racionalidad y racionalización. “La razón no está dada, no corre sobre rieles, puede autodestruirse mediante los procesos internos que constituyen la racionaliza- ción. Esta representa al delirio lógico, al delirio de coherencia que deja de ser controlado por la realidad empírica” (Morin, 2007, p. 101).
La voluntad es una dimensión que se ancla en la realidad personal inteligente, que se hace cargo de la realidad en la que vive y se ve movida a realizar distintas opciones a lo largo de su decurso vital. La voluntad, entonces, tiene que ver tanto con las motivaciones como con la experiencia vivida, los sentimientos, el ejercicio de la libertad, la autono- mía personal (Aranguren, 2001).
Ahora bien, como dijera Juan Pablo II en ocasión de la Homilía en Columbia, Carolina del Sur en 1987, “no se puede insistir en el derecho a elegir, sin también insistir en el deber de escoger bien, el deber de elegir la verdad” (Juan Pablo II, 1999, p. 39). He aquí la gran diferencia entre, por ejemplo, los fines perseguidos por Lenin, Mussolini o Hitler y los buscados por Gandhi, la Madre Teresa o el propio Václav Havel (Havel, 1991; García, 2000).
Luego entonces, la autodeterminación es el lugar por excelencia donde se desarrolla la aventura de la vida de cada persona –su liderazgo personal o autoliderazgo-. En ese caldo de cultivo va quedan- do un pozo, una referencia de valores, actitudes y visiones de la realidad adquiridas en el devenir de la vida. Ese saber que constituye la experiencia de la vida es una suerte de sabiduría: la sabiduría de la vida, del saberse líder, que sobrepasa los saberes técnicos concretos –como los de los míticos estilos de liderazgo- y se emparenta con la mirada ancha que abarca globalmente la realidad eminentemen- te compleja y contradictoria que somos y en la que vivimos (Aranguren, 2001).
Liderazgo y educación
Como dijera Peter Eigen (2004), fundador de Transparencia Internacional, al indicarnos el curso que debe tomar el liderazgo en sus diversas mani- festaciones: “Es básica la educación y la formación en todo el mundo. No tendremos éxito si no se desarrolla un nuevo sistema de valores éticos en el que la cultura de la integridad sea fundamental” (Eigen, 2004, p. 246).
Recordemos que el bien común no es bien por ser común, sino por ser bien. Y, como refiere García (2006), los principios morales que rigen al individuo son los mismos que rigen a la sociedad (Drucker, 1992; Pascoe, 1999). La persona humana es un in- dividuo dotado de razón, es decir, un ser singular de naturaleza espiritual.
INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 8, No8, DICIEMBRE 2009
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