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Facultad de Ciencias Humanas
Introducción
Antes de poder provocar en ningún lector la sen- sación de que los jóvenes son los únicos violentos o que sólo es preocupante su violencia, hay que re- cordar –por si acaso- que los adolescentes y jóvenes no dejan de ser un aguafuerte con trazos gruesos de la sociedad adulta. Ellos y ellas a menudo no harán otra cosa que reproducir nuestra conducta sin ningún miramiento ni control (Funes, 1998, p.97).
La violencia en las escuelas protagonizada por alumnos(as), no es un asunto personal sino atañe a la comunidad educativa, involucra a más de dos (agresor- víctima) e incluye a observadores que con su silencio avalan la reproducción de una situación social de abuso de poder (físico, psicológico y/o so- cial); situación injusta y de descalabro a los derechos humanos, que conduce a una espiral de agresiones y deterioro de la vida académica.
Problemática que adquiere creciente visibilidad en las instituciones educativas y urge atender; por ello la Universidad Simón Bolívar (U.S.B.), congruente con su ideario1, despliega una serie de acciones encami- nadas a mejorar día a día la convivencia estudiantil, entre ellas un complejo proyecto de investigación- participación-acción, que desde sus inicios incorporó a estudiantes para convertirlos en agentes promoto- res del cambio, a la vez que desarrollen competencias en investigación e intervención.
El propósito de la fase diagnóstica que aquí se ex- pone, fue recabar evidencias empíricas sobre moda- lidades de maltrato más comunes entre estudiantes y se examinan a la luz de variables como género y nivel escolar (licenciatura y posgrado).
El instrumento fundamental fue una encuesta apli- cada al universo de estudiantil de la Universidad. De la reflexión teórica y de los datos empíricos sobre el maltrato entre iguales en un ámbito concreto, en una posterior etapa, se buscará estrategias de intervención a fin de avanzar en una convivencia basada en el respeto activo y en contra del abuso.
1 Como comunidad educativa de inspiración cristiana, espera que sus miembros compartan los propósitos de “amarse como her- manos”, reconocer el valor y la dignidad de la persona humana, así como vivir y difundir los más grandes valores (U.S.B, 2008, p.p.17-18).
La problemática enunciada se explora bajo la pers- pectiva ecológica, que visualiza a la violencia como producto de la interacción del sujeto y los grupos en diferentes ámbitos sociales –desde los macrosociales hasta los microsociales-; e impactan en los estereotipos como género y edad, redefiniendo las expresiones de la hostilidad.
Edad, sexo y agresividad, componentes intrínsecos al ser humano, reino de la naturaleza que la cultura se encarga de transmutar, demarcar y asignar normas y expectativas de comportamiento, de tal suerte que las tres categorías se representan como etapas etarias, género y violencia, mismas que guían la exposición en este documento.
Juventud, género y violencia
El ser humano, durante su ciclo vital, transita por cambios graduales y continuos manifiestos en la corporalidad, aptitudes, necesidades y respuestas fisiológicas y psicológicas. La marcha de la infancia a la vejez es universal pero su significación, valoración y roles varían para cada etapa según los condiciona- mientos socio-históricos.
La juventud – sujeto de estudio- se delimita por dos procesos: uno biológico (iniciado por los cambios hormonales en el púber hasta la madurez reproduc- tiva); el otro proceso es social, producto de la historia individual y colectiva, pertenencia a una clase social, etnia, nacionalidad, etc. La juventud es conceptualiza- da como categoría etaria (sociodemográfica), también como etapa de maduración (sexual, socioafectiva, intelectual y físico-motriz), además denota una sub- cultura construida en la interacción con sus pares, con otros estratos etarios e instituciones (Dávila, 2005)2. Es inexistente un criterio de edad que delimite la etapa de la juventud y sea universalmente válida3:
La juventud no es un <<don>> que se pierde con el tiempo, sino una condición social con cualidades es- pecíficas que se manifiestan de diferentes maneras
2 En la Edad Media niños y adultos eran semejantes, sólo se dife- renciaban por el crecimiento gradual, el joven era tan sólo “un adulto en miniatura” (Ramos, 2008). En el siglo XVIII, se llamaba joven a quien adquiría una condición especial: ser varón de clase burguesa, como respuesta a la necesidad de individuación del ca- pitalismo. Las niñas pasaban directamente a la condición de adul- tas ante la situación del matrimonio y de la maternidad (Balardini y Miranda, 2003).
3 Convencionalmente se consigna en la adolescencia a los sujetos de 12 a 18 años y a la juventud de 15 a 29 años, pudiendo exten- derse de los 12 a los 35 años, pero con fines operacionales para las políticas públicas en Iberoamérica se maneja un amplio abanico de franjas etarias (Dávila, 2005).
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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 10, No10, DICIEMBRE 2011


































































































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