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según las características históricas de cada individuo (Brito, 1996). Un joven de una zona rural no tiene la misma significación etaria que un joven de ciudad, como tampoco los sectores marginados y las clases de altos ingresos económicos (Dávila, 2005, p.93).
Otra característica consustancial a la biología es el sexo, marca ritmos y posibilidades naturales de cada individuo, pero también es procesado por la cultura que condiciona ámbitos, actuaciones e incide en las creencias y valoraciones sobre el significado y expectativas para un varón o una mujer. Los men- sajes recibidos desde el nacimiento se convierten en mandatos y estereotipos que conforman al sistema de género:
Entenderemos, pues, al sistema de género como una construcción sociocultural que transforma el sexo biológico en un producto social e histórico y que conforma diferente estructuración de iden- tidad y expectativas sociales para el hombre y la mujer. Este sistema varía en cada sociedad y está entrecruzado por otros factores discriminatorios como son las clases sociales, la etnia, la religión y otros (Sánchez- Mejorada y Torres, 1991, p.174).
En la tradicional cultura patriarcal, los estereotipos con lo que se socializa a cada género incrementan la distancia y oposición entre ellos, conforman el estereotipo femenino la pasividad, vanidad, roman- ticismo, ternura, sumisión-dependencia, dominio del sentimiento sobre la razón. La masculinidad en contraparte, resalta la actividad e inteligencia sobre el sentimiento, la capacidad para ser exitoso, libidinoso, insensible, agresivo y hasta violento.
Lo que resulta perjudicial es que esas característi- cas son imposibles de cumplir, y además no toman en cuenta las necesidades, limitaciones y deseos particulares de cada persona en su calidad de ser humano. Se vuelven entonces una especie de “camisa de fuerza” en la medida en que si no las cumplimos, se nos puede juzgar severamente “por salirnos de la norma” (por ejemplo una chava que ha tenido relaciones sexuales con varios hombres porque le parece divertido hacerlo, puede ser calificada de “loca”, “zorra” o “puta”), y si se cumplen, también puede ponernos en riesgo y afectarnos emocionalmente porque nos exigen demasiado (por ejemplo, para ser un “verdadero hombre”, algunos jóvenes tienen que salir con muchas mujeres, no demostrar sus sentimientos y ser violentos) (Del Castillo y Castillo, 2010, p.p.8-9).
Bourdieu (2000) observa en la diferenciación de géneros un conjunto de prácticas sociales que legiti- man y reproducen la subordinación femenina frente a la masculina, basada en una arbitraria división del trabajo, injusta y discriminante; relaciones de domi- nación que se perpetúan en virtud de una violencia a veces física, la mayoría simbólica. La violencia simbólica es una forma sutil de dominación –no por ello menos nociva- se ejerce con la anuencia de los dominados(as), en tanto que irreflexivamente es significada como algo “natural”. Para Castro y Vázquez (2008): una colaboración “natural” requiere subjetividades estructuradas mediante diversos procesos de socialización, que inicia en los microsistemas (familia, escuelas) las personas interiorizan estructuras sociales que los forman y de los que forman parte. Es aquí donde entramos en el terreno de la violencia, pero ¿cuándo es una respuesta natural y cuándo es un asunto cultural?
Vera Cortés (2010) señala que con el surgimiento de la etología científica, fundada a finales de los sesen- tas por K. Lorenz, Niko Tinbergen y Karl von Frich, se explica el comportamiento como mero producto de un proceso evolutivo que incluye la selección natural y en particular, el comportamiento agresivo es visto como un rasgo adaptativo que responde a los instintos en la lucha por la existencia. Tanto para Lorenz como para Tinbergen, la agresividad es inna- ta en los animales y aumenta las probabilidades de supervivencia y reproducción; pero lo que propicia la eficacia biológica de cada especie no es la agresión irrefrenable sino la “regulada”4.
En el ser humano la capacidad de agresión es coman- dada por la amígdala que no sólo alienta la respuesta hostil ante una amenaza –conducta innata-, sino también ordena el cese de la acción -mecanismo regulador-. Otro gran regulador de la agresión es la corteza prefrontal, que potencia o inhibe la conducta agresiva dispuesta por la amígdala5 (Sanmartín 2002).
Vera Cortés (2010) y Sanmartín (2002, 2010) afirman que el ser humano es agresivo por naturaleza, pero violento por cultura:
4 La naturaleza equipa a cada especie con mecanismos controla- dores o reguladores como la reorientación y los inhibidores de la agresión (ejemplo, en el ritual de apareamiento el animal victo- rioso deja de atacar a su oponente cuando asume actitudes de miedo, sumisión, derrota); mecanismos que evitan la ruptura del equilibrio y la desaparición de las especies (Sanmartín, 2002).
5 Los mecanismos inhibidores de la agresión humana, regularmen- te se disparan ante respuestas emocionales como el miedo de la víctima; y también dependen de las ideas, sentimientos, sensibili- dad y empatía que el agresor desarrolle.
INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 10, No 10, DICIEMBRE 2011
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Facultad de Ciencias Humanas

