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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 8, No8, DICIEMBRE 2009
Ciencias Sociales y Humanidades
Del grueso de interrogantes que en esas investi- gaciones se han enunciado y del conjunto de ele- mentos que constituyen cualquier política pública, en este trabajo centraremos nuestra atención en la siguiente pregunta: ¿hasta qué punto los actuales programas gubernamentales dirigidos a este grupo de la población corresponden a sus necesidades?
Para atender dicho cuestionamiento es menester identificar claramente dos elementos: por un lado, las condiciones sociales que prevalecen entre las y los jóvenes y, por el otro lado, los programas que desde los órdenes federal y local se han diseñado para este sector de la población.
De la juventud y la ciudadanía
Convencionalmente, para comparar la situación de los jóvenes en distintos contextos y hacer un seguimiento de su evolución en el tiempo, se han establecido rangos de edad por algunas ventajas aparentes: su medición nos representa mayores ni- veles de confiabilidad y es una variable investigada en la gran mayoría de las fuentes disponibles de recolección periódica de datos (CEPAL, 2000).
Por supuesto, los rangos de edad que determinan el grupo etáreo varían entre un país y otro, e incluso entre regiones al interior de un mismo país. Indis- tintamente se acepta a la población de entre 15 y 24 años. Empero, en el caso de la población que habita en contextos rurales o de aguda pobreza, el rango se desplaza hacia abajo e incluye el grupo de 10 a 14 años y en el caso de la población que se desenvuel- ve en contextos de estratos sociales medios y altos urbanizados, el mismo rango se amplía para incluir al grupo de 25 a 29 años (Rodríguez, 2002). Por esta consideración y porque la población joven que aquí interesa habita en ambientes urbanos, vamos a identificar al grupo de jóvenes con la población de 15 a 29 años de edad.
Ahora bien, más allá de esta primera aproximación, que nos permite la operacionalización del concepto y nos sirve como base para el análisis comparativo, la reflexión e identificación de la correspondencia entre programas y necesidades de las y los jóvenes exige una definición conceptual más allá del marco etáreo.
Desde una concepción general, el término “juven- tud” refiere al periodo del ciclo de vida durante el cual las personas transitan de la niñez a la condición adulta y en el que se producen importantes cambios
(biológicos, psicológicos, sociales, culturales, etc.) “variando según las sociedades, culturas, etnias, clases sociales y el género” (Rodríguez, 2002).
Aquí ya se puede identificar un cruce entre la aproxi- mación etárea y una definición que podemos deno- minar holística, pues la caracterización realizada con base a rangos de edad sólo resulta útil porque la entrada y salida de esta etapa de la vida coinciden con procesos relevantes:
En el rango inferior de edad generalmente se desa- rrollan las funciones sexuales y reproductivas, que diferencian al adolescente del niño, mientras que en el rango superior de edad suele identificarse con el momento en que el individuo llega –en diversas circunstancias específicas y con diferentes ritmos en cada esfera particular- al cierre del ciclo educativo formal, enfrentando el ingreso al merca- do de trabajo y la formación de un hogar propio, transformándose en adulto (Aguilar, 2008).
Así, la juventud estaría delimitada por dos niveles: uno biológico que le sirve al sujeto para establecer su diferenciación con el niño y otro social que establece su diferenciación con el adulto. La juventud, entonces, “se inicia con la capacidad del individuo para repro- ducir la especie humana y termina cuando adquiere la capacidad para reproducir a la sociedad” (Brito, 1996).
Si bien aquí ya se tiene avanzado una definición de juventud, se abre un nuevo problema cuando se mira la segunda de las capacidades que acotan esta etapa, pues idealmente ¿qué características darían forma a esa “capacidad para reproducir a la sociedad”?
El cuestionamiento remite a una profunda discusión teórica, no obstante, el punto lo salvamos de una manera más sencilla: dado que confrontamos la pertinencia del ejercicio de políticas públicas para jóvenes con las necesidades del grupo y de que a través de esas políticas el Estado mexicano se com- promete a propiciar el acceso indiferenciado de derechos de las y los jóvenes, concluimos que esa juventud se termina cuando se accede a una ciuda- danía plena, entendida ésta como “aquél estatus que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad” (Marshall, 1998).
La ciudadanía se asocia con la búsqueda por la afirma- ción de los derechos de los miembros individuales de la colectividad, que implica garantizar una participación plena, fundamentalmente de los derechos sociales

