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Ciencias Económico Administrativas
El liderazgo que transforma y transfigura consiste en movilizar personas hacia el logro de metas compartidas, innovadoras y trascendentes que contribuyan al desarrollo de las comunidades, de sí mismas –las personas- y del entorno. Comprender el mundo acaso sólo sea comprender dos cosas: el cambio y la relación entre un todo y sus partes (Wagensberg, 2003). Como refiere Luis Aranguren (2001) sobre Paulo Freire, quien desde su lúcida ve- jez advertía pocos años antes de su muerte: “somos jóvenes o viejos si nos inclinamos o no a aceptar el cambio como señal de vida y la paralización como señal de muerte” (Aranguren, 2001, p. 58).
Los equipos de trabajo se enfrentan hoy a pro- blemáticas complejas en entornos cada vez más cambiantes (Pareja, 2007; Prigogine, 1997). Así pues, los directores y gerentes son responsables de dirigir y gestionar las actividades que ayudan a las organizaciones para alcanzar sus metas y objetivos. La base fundamental de la capacidad directiva y gerencial es la eficiencia y la eficacia para lograr esas metas y los objetivos de la organización. La dirección y la gerencia como disciplinas académicas y prácticas son un proceso sistémico de planeación, organización, dirección y control. En este sentido, la labor del líder consiste en implantar e implementar el proceso administrativo hacia la consecución de objetivos y metas comunes (Del Prado, 1999).
Gobernar, dirigir, gerenciar, gestionar, administrar, nos remontan al manejo de la complejidad en el sentido de fijar metas y señalar los pasos para lo- grarlas, mientras que liderar se identifica, más bien, con la complejidad de producir el cambio y generar estrategias para su gobernabilidad; es desarrollar una visión de futuro, explicitando el “sentido” del mismo, fijando el rumbo y “haciendo” el camino.
Liderazgo, política y economía: otros roles
Es sintomático que la voluntad y el compromiso ha- yan conocido en el mundo moderno una desconside- ración y un retroceso paralelos y que la desesperanza contemporánea haya nacido de nuestras dimisiones (Contreras, 2004; Aranguren, 2001; Pascoe, 1999).
A lo largo de la Historia, el acceso al poder público y privado ha estado reservado a un sector refractario, cerrado, de grupos y familias –podríamos decir que de los “elegidos” -que cuidan con celo la inviolabili- dad de la puerta de entrada a este tipo de liderazgo, al de la cúspide de las instituciones sociales.
Traspasar ese umbral ha implicado, la mayoría de las veces, el asalto violento al poder y, una vez conquistado, el enriquecimiento necesario para ad- quirir el respeto del grupo dominante predecesor y la vinculación a ese mismo clan que, por lo general, suponía cierta fusión de intereses económicos.
Detrás de las estructuras formales y vías institucio- nales para la conquista del poder, subyace una zona –menos visible, pero no por ello menos importante- de relaciones, códigos, vínculos, rutas y mecanismos de ascenso por las intrincadas redes de la pirámide del mando, tanto público como privado.
En este espacio escasamente explorado, los ar- gumentos y capital para la promoción política de los líderes no son la popularidad, los programas o argumentos –visiones-, ni tampoco las dotes personales o alianzas circunstanciales (Drucker, 1992). Decía Maquiavelo (1994) en su hoy en día muy rememorado El Príncipe, al referirse a la Polí- tica como el arte de lo posible: “Es necesario que tenga el ánimo dispuesto a cambiar según soplen los vientos de la fortuna y según vengan las cosas. Prospera aquél que se adapta a los tiempos que corren, y de la misma manera, fracasa quien actúa a contracorriente”. En esos círculos el patrimonio principal es la alcurnia, la casta, el abolengo y la estirpe, es decir, el “derecho de sangre”, como lo enuncia Esteban David Rodríguez (2006), en donde más que ser y actuar como verdaderos líderes sólo se trabaja en pos del bienestar personal y del ama- samiento de cuantiosas fortunas (Maccoby, 2004; Pascoe, 1999). O también, como decía Sófocles (Álvarez de Mon, 2006, p.17), “el poder nos enseña cómo es el hombre”.
Cuando el verdadero liderazgo se confunde con el poder que corrompe, la libertad –como lo establece la Evangelium Vitae- se niega y se destruye a sí misma y se convierte en un factor que lleva a la destrucción de los otros, cuando ya no reconoce ni respeta su lazo esencial con la verdad. “Entonces la persona termina por no tomar la verdad sobre el bien y el mal como el único e indisputable punto de referencia para sus propias elecciones, sino sólo a su opinión subjetiva y cambiable o, ciertamente, su egoísta interés y capri- cho” (Juan Pablo II, 1999, p. 44).
Pero el liderazgo, más aún el político, debe trascen- der esa visión reduccionista, como concluye Álvarez de Mon (2006) al referir la visión del ex presidente checoslovaco Václav Havel:
INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 8, No8, DICIEMBRE 2009
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