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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 10, No 10, DICIEMBRE 2011
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Facultad de Ciencias Humanas
su devoción en Dulcinea... a ambos los mueve la fe a pesar de las dudas de uno y la terquedad del otro y así, a base de fe, terminan por creer en la realidad que han creado.
Hacia una definición de Valor
Para referirnos a los valores presentes en Don Qui- jote es preciso abundar en la definición particular del término. En su texto El ser y la esencia de los valores (2009), Hortensia Cuéllar expresa que hablar de valores es un tema obligado en todas y cada una de las manifestaciones de la vida personal y social. Los valores trascienden la dimensión de lo material y se enraízan en lo espiritual, justifican la convivencia grupal e incluso dotan de sentido al arte, la ciencia y la tecnología.
Además resulta oportuno referirnos a la importan- cia de los valores, pues a últimas fechas, han sido un elemento recurrente en campañas mediáticas que pretenden la concientización ciudadana en aras de una mejor coexistencia en sociedad, pero que desafortunadamente no logran esclarecer del todo la extensión del término y en el mejor de los casos, acaban confundiendo el “valor” con la “virtud” o con adjetivos que son simples objetos de apreciación personal.
Menciona la autora que la confusión reposa no sólo en intentar comprender el concepto mismo que se encierra en el término “valor”. De tratarse única- mente como las “cualidades de lo que se encuentra en cuestión”, o bien, de ponderar la “específica valía en relación con las preferencias personales” (Cuéllar, 2009, p. 8), se estaría cerrando muy pronto el cerco en torno a la profusión y versatilidad de los alcances del vocablo.
Asimismo, lo “valioso” también entrañaría, de he- cho, una posición contraria, el “contravalor”; por tanto, la discusión no sólo queda en el aspecto lin- güístico por cuanto hace a la definición del término, sino que requiere de una disertación en el marco de la Axiología, la disciplina filosófica que aborda el estudio de los valores, que se definen como “todo lo estimable, valioso y digno de ser honrado“ (López, 2005. p. 45).
Cuéllar comienza a definir el “valor” como aquello que cualifica nuestras acciones, tal y como se ha asentado en algunas tradiciones filosóficas moder- nas y contemporáneas. Acertadamente, distingue
la noción de “valor” a la del “bien”, pues aunque suelen aparecer unidos, en primer instancia le en- cuentra un fundamento ontológico en cuanto al ser, de tal manera que resultará valioso “todo aquello que resulte cualitativamente bueno” (Cuéllar, 2009, p. 14), pero no sólo asociado con el aspecto material, pues si el bien implica bienestar, también es preciso comprenderlo dentro del parámetro del bien trascendental. Es así que realiza una revisión de los usos que se hacen ordinariamente del térmi- no: valor como la virtud del valiente (virtud moral); valor como precio utilitario, o bien, valor como la cualidad que hace estimable lo valioso.
Esta última acepción –el valor como cualidad- es la que más parece acercarse a su concepción desde la perspectiva de la axiología. Y es en este sentido donde encontramos el primer punto de acuerdo con lo expuesto por Ana Teresa López de Llergo en Valores, valoraciones y virtudes (2005), para quien el valor es “la perfección real o posible que se apoya en el ser y en la razón de ser” (López, 2005. p. 22), es decir, que nuevamente encontramos el fundamento ontológico, pues en el caso del texto de Cuéllar, vemos que su aportación en torno a los valores no se quedan en lo funcional sino en el valor que posee el ser humano per se, de tal manera que el hombre es valioso por el solo hecho de serlo, “es fin en sí mismo y no medio” (Cuéllar, 2009, p. 16), como sucede cuando se le considera solamente por sus posesiones materiales (valía económica o funcional), por su grado de afectividad (valía es- timativa) o bien, hasta por su procedencia étnica (valía antropológica).
López de Llergo también se refiere al valor aso- ciado con el bien trascendental. Pues ya una vez definido el valor como “perfección real o posible”, los trascendentales (uno, verdadero y bueno) son definidos como la “perfección común a todo ente, objeto de las potencias espirituales” (López, 2005. p. 119), especialmente de la voluntad. En este sentido, mientras que la inteligencia busca la verdad y se perfecciona con las virtudes, la voluntad tenderá a la búsqueda del bien y apetecerá los valores.
Sostiene Cuéllar que los valores existen, con algún tipo de existencia, de ahí que se establezca la re- lación “ser, bien y valor” (Cuéllar, 2009, p. 22). Por su parte, López de Llergo no sólo fundamenta la existencia de los valores, sino además explica que éstos han sido definidos desde dos ámbitos: el sub-


































































































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