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también un texto con un fundamento pedagógico y un modelo ético-aspiracional. Pedagógico, ya que se trata, a fin de cuentas, de una enseñanza para la vida; ético- aspiracional, pues justamente hace referencia a esa condición inobjetable de lo valioso y a todo aquello cuanto se desee alcanzar, si con ello se logra la perfección del ser.
Desde el momento en que Alonso Quijano pierde la cordura hasta el término de la primera parte del texto, salta a la vista que la razón de ser de Don Quijote es ponerse al servicio del desposeído, y para ello dispone de la fuerza de su brazo y de su valentía para acometer todo aquello que pueda hacer perfecto y famoso a un andante caballero.
El valor, así entendido, guarda relación con la conservación del honor y la procuración del bien. Don Quijote tiene “valor”, pues posee la “virtud del valiente” (Cuéllar, 2009, p. 12) y en tanto tal, hace uso de las virtudes morales: busca la justicia para deshacer todo género de agravios, ostenta su fortaleza –moral más que la física, desde luego- aun- que en ocasiones se ponga en ocasión de peligro, demuestra su templanza en su proceder acomedido si con eso su linaje cobrase nombre, fama y honor... aunque a los ojos de los demás su actuar no sea del todo prudente, pues si bien no era el típico busca- pleitos sin razón, en la gran mayoría de las ocasio- nes sus aventuras no tuvieron el feliz desenlace que esperaba a pesar de sus buenas intenciones. Lo importante era no desfallecer en su empeño e intentarlo de nuevo cuantas veces fuera necesario.
Coincide con lo expuesto por López de Llergo, quien le define como “El Valor de la colaboración solida- ria” (López, 2005, p.195), gracias al cual el ser busca su perfección tras ponerse con entera libertad al servicio de sus semejantes para combatir a los malhechores, socorrer a los indigentes, e imponer la paz y la justicia.
Don Quijote realza e idealiza la hermosura de la mujer amada. A sus ojos y por causa del efluvio del amor, una sencilla campesina se torna en la más linda de las princesas. Pero no sólo es capaz de embelesarse por la belleza física, sino también por la material, cuando transforma, en su imaginación alterada, a una rústica posada en un elegante casti- llo, a un flacucho jamelgo en un distinguido rocín, un molino de viento en un gigante o una grosera bacinica de peluquero en un yelmo de oro. Vemos entonces que el Hidalgo manchego posee “El Valor estético” (López, 2005, p.196), ya que aún y cuan-
do él mismo dista mucho de parecerse a la imagen caballeresca, dada su edad y fisonomía, no por ello deja de explicitar la belleza como cualidad.
El vínculo que establece con su escudero, Sancho Panza, es también motivo de reflexión, pues lejos de tratarse de la distante relación propia de un amo a su siervo, termina por consolidarse en una evidente amistad unida por la fe mutua. A pesar de las diferencias entre ambos (físicas, de linaje, etcétera) Sancho cree a fe ciega en Don Quijote y éste brinda atenciones al primero. Trátese pues, del “Valor relacional espiritual” (López, 2005, p.197), trascendente por cuanto a que ensalza cualidades tales como el honor y la estimación, que el Hidalgo hace patente a su escudero cuando le invita a sen- tarse con él durante la cena con los cabreros: “quiero que te sientes a mi lado y que seas una misma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo mismo que del amor se dice: que todas las cosas iguala” (Cervantes, 2007, p. 96).
La devoción de Don Quijote concuerda con “El Valor religioso” (López, 2005, p.197), por cuanto a que se relaciona a los seres espirituales entre sí y con el Ser Supremo, marcando dicha relación con el sentido de pertenencia. En este sentido, Basave critica el culto cuasi idolátrico que el Hidalgo manchego siente por su Dulcinea, al considerar que ese ideal (“el más puro de sus amores”) (Basave, 1959, p. 149) le hace desviarse del auténtico objetivo que perseguía y le enturbia su actuar. Y aun cuando algún caminante le cuestiona por encomendarse primero a su dama en lugar que a Dios, Alonso-Quijote argumenta a su favor que “no sólo vuelve a ella los ojos blanda y amorosamente” antes de hacer uso de las armas, “sin que por ello deje de encomendarse a Dios, que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el curso de la obra” (Cervantes, 2007, p. 113).
Vemos en Don Quijote el “Valor Trascendente”, que es definido por López de Llergo como “aquél que beneficia a otros, por ejemplo, la enseñanza” (López, 2005, p. 197). El Hidalgo manchego conmi- na a su vecino Sancho a que le acompañe en sus aventuras en calidad de escudero, prometiendo hacerlo merecedor del gobierno de una provincia. En primera instancia, sería fácil pensar que dicha oferta no fue más que una estrategia caballeresca para convencer al aldeano y éste, con toda certeza, se dejó llevar más por la ambición que por la fe.
Facultad de Ciencias Humanas
INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 10, No 10, DICIEMBRE 2011
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