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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 12, No 12, ENERO - DICIEMBRE 2013
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Facultad de Ciencias Humanas
de partida la definición emitida por la UNESCO (Or- ganización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) que define al libro como una publicación impresa no periódica que consta de por lo menos 49 páginas sin contar la cubierta (Delavenay, 1974), más allá de las acepciones que pudieran otorgársele al libro como objeto de arte o instrumento de información, lo que realmente caracteriza a un libro es el propósito para el que fue hecho, ser leído.
Si bien la anterior es una definición, adoptada en el año de 1974, que deja abiertas diferentes posi- bilidades, para incluir publicaciones diversas que cumplan con las condiciones estipuladas, deja fuera al libro electrónico o digital, que surge de manera alternativa al libro tradicional como una forma de expandir sus horizontes en el ámbito de la lectura y los hábitos que alrededor de ésta se generan.
Podríamos tomar como definición del término libro electrónico adoptado por diversos autores, quienes se refieren a éste como una publicación digital no periódica contenida en uno o en varios volúmenes y que puede contener información diversa en tanto texto, gráficos, imágenes estáticas y en movimiento, así como sonido (Gama, 2002).
Aunque las definiciones anteriores no agotan, ni por mucho, las posibilidades para enmarcar los conceptos de libro impreso y libro electrónico, nos permiten delimitar la ambivalencia semántica de ambos términos.
Haciendo un poco de historia, la humanidad ha visto transitar la producción del libro por diferentes pro- cesos, los cuales gracias a los adelantos tecnológicos han marcado el devenir de los medios tradicionales de comunicación, permitiendo el advenimiento de los medios digitales que han revolucionado el con- texto cultural y la forma en la que accedemos a la información y al conocimiento:
El paralelo histórico que a menudo se utiliza, el de surgimiento y adopción de la imprenta, puede enseñarnos mucho sobre ciertas constantes históricas que se repiten y que determinan el curso de una tecnología: mediado el siglo XV, la expansión de nuevas formas de conocimiento amparadas y cultivadas en las Universidades requerían de un modelo de producción y difusión del conocimiento para la floreciente comunidad científica que no fuera ya el insuficiente trabajo
del amanuense, que copiaba artesanalmente a partir de los cuadernos (peciae) del ejemplar que el estacionario autorizado alquilaba para tal fin (Gil/ Rodríguez, 2011, p. 47).
Posteriormente este trabajo fue sustituido con la aparición de uno de los más importantes inventos de la humanidad, la imprenta gutenberiana, a partir de la cual fue posible la reproducción del conocimiento generado por siglos sirviendo como paradigma cog- nitivo para el desarrollo de la sociedad y su cultura.
Pasaron algunos siglos durante los cuales surgieron algunas innovaciones en los medios de reproduc- ción y de edición del libro impreso, pero fue en la década de 1970 cuando comenzó la historia de los libros electrónicos de forma global, es así como “los libros electrónicos son una realidad cada vez más consistente en el ámbito editorial, en el que los movimientos de mercado aleccionan sobre los posicionamientos favorables a los mismos empren- didos por las industrias culturales en general y por las empresas de generación de contenidos en par- ticular” (Cordón-García, 2013).
Ahora bien, hasta este punto, sólo se ha hecho la distinción del medio a través del cual se expresa el contenido, pero es importante entender al libro que como objeto cultural de comunicación visual, conforma un espacio en donde interactúan diferen- tes actores, entre los que podemos contar al autor, al editor, al diseñador, entre otros. Es importante mencionar que el medio condiciona, directa o indi- rectamente el diseño de la página editorial, por lo que el diseño constituye un papel fundamental en la transición de medios, dentro de este contexto podríamos retomar el concepto de Wittgenstein (1988), quien considera a esta disciplina como una forma de juego de lenguaje, pues su origen y su finalidad son lingüísticos, y en el caso del libro, es al lector a quien le corresponde la interpretación lingüística del mensaje prefijado a partir del cual el diseñador ejecuta la acción de diseñar.
De acuerdo a lo anterior el diseñador como lec- tor/encodificador, término referido por Esqueda (2003), se convierte, en cierto sentido en coautor en relación con el objeto de la lectura a través de la interpretación de las necesidades de comunicación. Este espacio bidimensional de la página editorial que compone al libro a través de signos, letras, palabras, imágenes, blancos, que aisladas pue- den significar casi cualquier cosa, en el momento

