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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 3, No3, DICIEMBRE 2004
un gran éxito en México durante la segunda mitad del siglo XX. Ningún evangelizador ha influido tanto en la Iglesia apostólica como San Francisco de Asís y ninguno ha profesado la palabra apoyado es- trictamente en el Evangelio y en la predestinación de la Iglesia, como lo hizo él.
Así, entre nosotros, los doce frailes de los Hermanos Menores que llegaron con Cortés, hecho que se re- monta a los mismos días de Cristóbal Colón y a
los grandes nobles a los que acudió en busca de apoyo no prestaron, como se sabe, oídos a su proyecto. El único a quién pareció viable fue un franciscano del convento de la Rábida. El cual lo esforzó mucho en es- ta su demanda y fue parte para que no desmayase en ella, certificándole su buena ventura si tuviera perse- verancia. Este fraile tenía por nombre: Fray Juan Pérez de Marchena (Frost, 2002, p. 35).
El franciscanismo y la biografía de Francisco son inabarcables. En la época contemporánea han surgido numerosos estudiosos del tema, pues el carisma fran- ciscano se encuentra más vigente que nunca, sola- mente la biografía de Francisco a mediados del siglo XX “ascendía a 1575 obras en cuatro lenguas. Ningún otro santo ha despertado tanto interés entre biógra- fos e historiadores, ni antes ni después de esa fecha” (Spoto, 2004, p. 16).
La función mediática franciscana
La eficacia evangelizadora de Francisco no tuvo límites. La imagen como representación y visión de la realidad apostólica, Francisco la vio con claridad desde el día de su conversión, cuando el Cristo cruci- ficado le habló y solicitó en una metáfora inigualable que refunde su iglesia. La imagen de Cristo crucifi- cado le habló con voz tierna y dulce: “Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba?, anda pues y repárala. La reconstrucción de la Porciúncula se convirtió en el símbolo residencial de la comunidad y la imagen de Cristo se reconvirtió, gracias a Francisco, en una revolución legendaria: La pobreza, la humildad, el amor a los pobres, el auxilio a los leprosos, la caridad y la hermandad se transformaron en los medios de conversión de la nueva Iglesia.
Tres años antes de su gloriosa muerte [...] unos quince días antes de la natividad del señor, pidió la ayuda de un noble, y le dijo: si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del señor [...] date prisa en ir allí, prepara prontamente lo que te voy a indicar [...]
Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belem y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y como fue colocado sobre heno entre el buey y el asno [...] Llegó el día, día de la alegría, de exultación [...]
Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepara- ron [...] cirios y teas para iluminar aquella noche, que con su estrella centellante, iluminó todos los días y años (Guerra, 1975, p. 193).
La representación de la Navidad franciscana ha permanecido durante siglos. En la época contempo- ránea, por ejemplo, basta recordar el inolvidable nacimiento de Carlos Pellicer –el gran poeta latino- americanista y terciario franciscano– que año con año celebraba en su casa de Las Lomas de Chapul- tepec, a donde acudía toda la sociedad mexicana para visitar el nacimiento que permanecía durante 15 días antes de la Navidad, y el cual estaba dedicado a algún santo acontecimiento sucedido durante el año.
El nacimiento franciscano ha tenido, no sólo la trascen- dencia del hecho simbólico por sí mismo, sino también la fundación de una didáctica genial, para la conver- sión, al emplear un escenario visual, mediático, para conmemorar la imagen festiva del nacimiento de Cristo. En el sentido recurso mediático, San Francisco es aquí, también, el adelantado de Dios. “Después del oficio, ayudó al noble a servir un banquete a los invitados, y pidió que los animales recibieran doble ración de heno y avena, y que fuera se esparcieran semillas para los pájaros” (Spoto, 2004, p. 241).
El amor a la naturaleza y a las avecillas de Dios es una forma de celebración jubilosa del mundo, como un don otorgado por la divinidad, y fue el segundo elemento mediático de conversión que Francisco em- pleó en su didáctica evangelizadora, avant garde.
En el Alto Medioevo, la catedral gótica –símbolo característico de ese periodo–, con sus gárgolas de animales esperpénticos y diabólicos, dividía el exte- rior del interior de la Ciudad de Dios de San Agus- tín. Fuera del sitio sagrado catedralicio, del templo, la naturaleza estaba representada como una imagen ignota peligrosa, repleta de asaltantes del camino real y la tierra de nadie era la tierra de la perdición. La nobleza feudal vigilaba la existencia de los siervos desde las murallas de la Ciudad de Dios (Tamayo, 1987).

