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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 8, No8, DICIEMBRE 2009
Ciencias Sociales y Humanidades
Con las adecuaciones que la legislación penitencia- ria ha realizado en México, las cárceles son centros que, al menos en teoría, debieran procurar la readaptación; proceso que no sólo depende de la simple intención, sino de la ejecución, compromiso y voluntad de los sujetos que se encuentran involu- crados en ello: autoridades, custodios, trabajadores administrativos, reclusos, familiares y de la misma sociedad en general.
Si bien para algunos las cárceles resultan ofensivas para el control social por causa de los ilícitos que se cometen en su interior, cierto es que resultan indispensables mientras no se apliquen medidas substitutivas más efectivas y seguras. Dentro de su concepción tradicional, la creación de las institucio- nes de reclusión obedeció a un proceso evolutivo semejante al crecimiento de los grupos sociales, toda vez que en éstos se presentó la conformación y establecimiento de códigos de normatividad, cuya observancia hizo merecedores de derechos y obli- gaciones a sus integrantes, así como sanciones en la medida en que aquéllas eran infringidas.
En consecuencia, el aislamiento motiva al individuo no sólo a “la reflexión y el arrepentimiento”, sino también a mantener vínculos de comunicación paralelos a los convencionales, proporcionándose y fortaleciendo su noción de arraigo e identidad grupal. Pero no sólo nos referimos a la comunicación como articulación, intercambio o transmisión de ideas y mensajes entre emisores y receptores, sino como fenómeno humano, social y cultural, pues el proceso de la comunicación deja de lado su defini- ción simplista en la medida en que se diversifica, cuando sus partícipes manifiestan actitudes diversas en contextos específicos.
En situaciones extremas, como sucede al interior de las prisiones, la convivencia humana se ve limitada, impuesta más que voluntaria, poniendo en riesgo la condición humana de “seres sociales y comunicativos por excelencia” por causa del hacinamiento peni- tenciario, lo que da origen a numerosas situaciones agresivas, cual si se tratara de una regresión al más elemental de los estados del hombre, el instintivo, bajo el argumento de la ley del más fuerte para la propia sobrevivencia.
Ya que la comunicación habitual es un proceso in- tencional, toda vez que hace referencia a fenómenos que presentan continuas modificaciones con el paso del tiempo, es entonces que adquiere elementos
distintivos, manifestándose con arreglo a fines, lo que se traduce en el establecimiento de relaciones propositivas y causales mediante la imposición de criterios para mantener la cohesión del conjunto, tal y como sucede al interior de las prisiones capitalinas.
Desarrollo
El cuerpo en la cárcel: de la punición a la re- adaptación
Numerosos son los ejemplos que la historia cita respecto de los métodos que las sociedades im- plantaron para su propio control. Numerosas son las menciones sobre las ejecuciones públicas, no sólo en nuestro país sino en el resto de las naciones, especialmente en Europa, en donde la tipificación del delito constituía un elemento subjetivo sin la suficiente convención ni acuerdo y en donde no sólo bastaba el robo o el asesinato para ser juzgado, sino la afiliación política, la creencia religiosa, la naciona- lidad, la apariencia o las apetencias e inclinaciones sexuales, lo que fomentó en las comunidades una psicosis colectiva, que impuso un régimen de terror y de sometimiento.
Aún cuando todavía no se establecía propiamente la concepción institucional de la prisión como he- rramienta social, tal y como se le considera en la actualidad, “para que sirviera de ejemplo y de inti- midación” (Ojeda, 1985, p.77), ya en la antigüedad existían “instituciones de resguardo” para quienes eran considerados peligrosos al bien social. Los in- fractores eran motivo de preocupación desde antes del siglo XIII en las culturas babilónica, hindú, persa, egipcia, japonesa, hebrea y china, especialmente cuando se trataba de deudores u homicidas.
Si efectuamos una lectura cuidadosa de la Biblia, en algunos de sus versículos podremos encontrar referencias a prisiones primitivas. En el Libro del Levítico, capítulo XXIV, versículos 10 al 15, se trata la prisión del blasfemo:
Entre tanto sucedió que un hijo de cierta mujer is- raelita, que le había tenido de un egipcio, saliendo de entre los hijos de Israel, trabó una riña en el cam- pamento con un israelita. Y habiendo blasfemado y maldecido el Nombre Santo, fue conducido a Moisés (...)- Y metiéronle en la cárcel hasta saber lo que ordenaba el Señor. El cual habló a Moisés diciendo:


































































































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