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Ciencias Sociales y Humanidades
ha convertido, en definitiva, en una cuestión de la ciencia del lenguaje” (Cassirer, 1999a, p. 166).
En un análisis de la cultura, tenemos que aceptar la variedad de lenguas y la heterogeneidad de los tipos lingüísticos. El lenguaje debiera unir a los hombres; pero ninguno de ellos puede promover esta unidad sin dividir y separar al mismo tiempo, como sucedió en la narración bíblica de la “Torre de Babel”.
Respecto del caló o caliche penitenciario, en Así habla la delincuencia y otros más, Guillermo Colín Sánchez lo explica a partir de las palabras y frases de carácter expresivo que emplean en la conver- sación personas de igual rango o condición, cuyo origen más frecuente suele ser la asociación con otras palabras o la yuxtaposición de imágenes; generalmente tienen una vida más corta que las expresiones habituales del coloquio (Colín, 1997).
Esta lengua difiere de la común, porque está plaga- da de “términos crípticos” (Bringas y Roldán, 1998. p. 311), ocultos y ambiguos, que solamente hablan y entienden los reos que han pasado largos años de reclusión, por ende, es más fácil de identificar en penitenciarías que en reclusorios preventivos, ya que en éstos, presumiblemente, el interno permanece menos tiempo de reclusión, por lo cual no se logra concretar un dominio integral de dicha lengua, si bien sí hacen uso de la misma, aunque de manera diferenciada.
Es frecuente contraponer el argot (vocabulario que emplea un determinado grupo o toda una profesión) al lenguaje de la delincuencia o caló de México, la replana de Perú, el caliche venezolano o el lunfardo argentino. Como los límites que las separan son a menudo confusos y los estudios lingüísticos no han abordado su delimitación, hay quien los emplea indistintamente.
El caló suele ser el fruto de la actividad de un subgru- po social y cultural que está socialmente integrado. Aparece con más frecuencia entre minorías sociales diferenciadas como los jóvenes, los drogodepen- dientes, los gitanos, los integrantes de cualquier so- ciedad secreta o secta, e incluso entre los miembros de una misma confesión religiosa (por ejemplo, los católicos crean el término cardenal para nombrar las manchas moradas de la piel, por ser del mismo color que las ropas que lleva ese alto cargo eclesiástico, mas no por el ave canora del mismo nombre).
Las actitudes y el sistema de valores del grupo crea- dor de un caló se ven reflejados perfectamente en sus expresiones, por lo que supone un elemento aglutinador y a la vez sirve para identificar quiénes son y cómo piensan las personas que dieron lugar a tales expresiones.
Ese es el caso de algunas expresiones que han popularizado frases y palabras procedentes de la lengua delincuencial, difundidas por las novelas, las películas y las series de televisión. Los cambios sociales ayudan a la propagación de expresiones que pertenece al caló. Entender el significado de gris como sinónimo de policía era un hecho frecuente dentro del caló juvenil en la década de 1960; hoy es una denominación olvidada y no sólo por el cambio de color del uniforme de los policías, sino por la desaparición del hecho que lo propiciaba. Ahora se les conoce como azules, y en el caso de los policías de tránsito, tamarindos.
El caló proporciona infinidad de sinónimos para lo más cercano al individuo en su vida común y corriente, por ejemplo, el dinero (duros, pavos, talegos, pelas, lana, morlacos, pasta o plata, parné, tela, quita, marmaja, mosca, pipiolo, cuartos, rea- les, pachocha), las partes del cuerpo (cabeza: coco, cholla, melón, coca, calabaza, chola, casco, tatema, calamorra, chirimoya), o la comida (papa, pipirín, manduca, pitanza, condumio o rancho, como le conocen los reclusos).
Las palabras y expresiones del caló se forman de acuerdo con las reglas que presiden todo el con- junto social. Desde el punto de vista morfológico, se acude al apócope, el diminutivo y la abreviatura para las palabras con más de dos sílabas, así profe por profesor o profesora, mate por matemáticas, super por superior, papi por padre. En la derivación se emplean los sufijos despectivos para renovar las palabras desgastadas, como -ata, -ora, y -aca y de ahí bocata por bocadillo, drogote por farmacode- pendiente, padrote por administrador, etcétera.
A continuación transcribimos un ejemplo del léxico canero: “...Doc, creo que estoy lacio porque me apandearon por no pasar la marmaja a los monos que me vieron andar de petrolero, pues como ando erizo y no soy de los padrinos, me tengo que ganar la feria para el bofe...”. Lo que traducido quiere decir: “Doctor, creo que estoy enfermo, porque me metieron a la celda de castigo por no dar dinero a los celadores que me vieron cuando vendía droga, pues
INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 8, No8, DICIEMBRE 2009 21


































































































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