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Ciencias Sociales y Humanidades
decir, conforman una “concepción del mundo” que será gradualmente revelada al novicio (“no/vicio”, sin vicios) en el curso de su iniciación, para lo cual se requiere de una preparación espiritual previa (Eliade, 1998).
En el interior de la prisión se lleva a cabo una situa- ción similar a la descrita por Eliade, más aún para quien ingresa por primera vez. Por tratarse de una vida distinta a la que se lleva en libertad –e incluso, diferente a la vivida dentro del reclusorio preventivo o en una penitenciaría-, el indiciado (que en térmi- nos legales se refiere al sujeto de reciente admi- sión), a diferencia del sentenciado, se enfrenta a lo desconocido, lo que le genera temor y expectativa.
Es así que los indiciados, mismos que se asemejarían a los novicios de los que habla Eliade, son prepa- rados regresando a la enseñanza de las “ciencias” tradicionales por parte de tutores. Se realizan cere- monias secretas, son sometidos a pruebas difíciles, lo que constituyen la experiencia de la iniciación, es decir, el primer encuentro con lo sagrado, Las pruebas iniciáticas implican una muerte ritual para una resurrección espiritual mediante una ceremonia en donde la infancia y la ignorancia de la inexpe- riencia, dan paso a la vida de un hombre nuevo, espiritualmente adulto.
El nuevo recluso es sometido a faenas que incluso ponen a prueba no sólo su capacidad de resistencia, su templanza de carácter, su fortaleza física y espi- ritual o su salud, sino a veces hasta la vida misma. Despojados de los pocos objetos de valor con que han ingresado, son objeto de burlas, trasquilados, golpeados, bañados con agua fría, encerrados des- nudos por horas enteras y en el peor de los casos, golpeados y abusados sexualmente. Quien puede sobreponerse a ello, ya estará inoculado para so- portar la vida en reclusión, resignándose a evocar las ventajas de la vida en libertad, cual si aceptara su muerte “como ciudadano común” y aceptara su renacimiento “como presidiario”.
Las prácticas anteriores, si bien presentes en toda institución de reclusión, son más significativas en las penitenciarías ya que esta segunda iniciación (considerando la vivida al ingresar al reclusorio preventivo) debiera ser más agresiva dada su nueva condición de sentenciado. La “bienvenida”, como le denominan los mismos reclusos, comienza desde la llegada a la penitenciaría: se cambia el uniforme de tonos neutros propio del reclusorio preventivo
por prendas en color azul obscuro, se determina el dormitorio a donde se recluirá y se conduce a su estancia. Frecuentemente en el transcurso ya ha sido despojado nuevamente de sus exiguas pertenencias.
Al llegar a la estancia, los reclusos residentes le indican, ya sea verbalmente o a través de la agre- sión, cuáles son las condiciones de permanencia: las jerarquías, las cuotas, las reglas e incluso las labores a desarrollar mientras se gana la confianza del grupo. Así, durante un periodo de tiempo que oscila de tres a los seis meses, el recién llegado se ve obligado a lavar la ropa de los demás reclusos, compartir el dinero y la despensa de los domingos –si acaso a estas alturas aún conserva una visita familiar constante- y llevar a cabo las labores de limpieza en estancias, zonas, pasillos y baños, la conocida fajina, auxiliado por un pedazo de tela de no más de 50 centímetros; por muchos vista como un ritual de verdadera iniciación, pero en realidad una deleznable práctica de humillación y sometimiento.
No es errado comparar la “bienvenida” del interno con el bautizo religioso, pero a la inversa; cuando se es niño, el sujeto es bautizado en el entendido que el agua, elemento purificador y reconfortante, le habrá de borrar el estigma del pecado original cometido por Adán y Eva. Pero no el pecado del sexo, sino el de la desobediencia, la soberbia y la toma de conciencia de sí mismos respecto a su Dios. Así, se inicia impoluto a la vida espiritual, inoculado del mal de la rebeldía primigenia; pureza que debe conservarse y reforzarse por medio de otras ceremo- nias, como la presentación a la iglesia a los 3 años, la primera comunión, la misa de acción de gracias para el XV aniversario –en el caso de las mujeres-, la boda religiosa, el sacerdocio (si es el caso de la vocación) y la extremaunción, así como la asistencia regular a misa.
En el caso del recluso se privilegia el viejo refrán de es lo mismo, pero no es igual. Con su bautizo cane- ro, su bautizo de fuego, el recluso pierde la pureza antes descrita y se inicia en la podredumbre. Es la muerte de la castidad, de la virtud, del pudor y la dignidad, representada en la nívea paloma de la libertad encerrada en una jaula. La violación sexual tumultuaria, “el cobijazo” (que consiste en cubrir al iniciado con ropas o cobijas para que varios internos lo golpeen sin que pueda reconocer quiénes fueron sus agresores), el despojo, representan su ingreso triunfal a la vida intramuros, suerte de graduación a la delincuencia dentro de la delincuencia misma.
INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 8, No8, DICIEMBRE 2009
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