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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 8, No8, DICIEMBRE 2009
Ciencias Sociales y Humanidades
Así su conducta desviada tal y como la definió Emile Durkheim, se refuerza mediante el aprendizaje y adquisición de nuevas actitudes, erigiéndose paula- tinamente sobre “grados” o jerarquías superiores, casi militares, conferidos únicamente a reclusos influyentes, dominantes, intocables por todos, se- guros protectores y temibles enemigos, deidades caneras, héroes, modelos a seguir, merecedores de la admiración de los desposeídos.
Precisamente, el mito que más se reproduce al interior de las prisiones es el del Héroe. Pero no el héroe tradicional tocado por el favor divino para la realización de difíciles tareas en beneficio de la humanidad, sino el héroe que ha merecido tal dis- tinción por la longevidad de su carrera delictiva en “la ley del más fuerte”. El recluso de la condena más larga, más homicidios cometidos, que acumula más procesos, que surte de más drogas, que lleva más intentos de fuga, es quien se erige como paladín y caudillo de la causa criminal, a quien se distingue con el grado de “Mayor”, “Padrino” o “Encargado” de dormitorio, luego de un prolongado periodo de reforzamiento.
No obstante hay ceremonias más dramáticas que otras. Los demás internos obligan al recluso a llevar a cabo ejercicios físicos extenuantes, los llamados patitos por ejemplo –que consisten en avanzar en cuclillas por largos periodos con vigilancia constan- te-, prohibiciones alimenticias y aislamiento extremo en los “apandos” o celdas de castigo, con los cua- les se pretende reactivar los vínculos que unen el mundo terrestre con el divino, ya que las tinieblas son un símbolo de otro mundo, tanto de la muerte como del estado fetal. Con la soledad del encierro, el recluso se ve obligado a concentrarse, a meditar para “abrirle paso a los valores del espíritu”, volver los ojos a Dios y buscar su redención.
En cuanto a la circuncisión, mutilación o tatuajes, lle- van implícito el mismo elemento de la sangre como sucede en los ritos de pubertad. Quien practica la incisión es considerado como la representación de un ser divino, y más en el caso del tatuaje, ya que ob- viamente no se realiza en las condiciones normales, sino valiéndose de los recursos disponibles: tinta de escritura, jeringas, agujas de coser...Y la superación del dolor de la incisión es otro símbolo de muerte iniciática, del cual habrá de resucitar transformado en un hombre nuevo, de tal suerte que el tatuaje, el “body piercing” (la perforación corporal) e incluso la amputación de algún miembro y las cicatrices, pro-
vocadas por lesiones, peleas o accidentes laborales, son mostrados con orgullo por su portador, como muestra inequívoca de su capacidad de resistencia y madurez penitenciaria.
Conclusión
El sistema penitenciario mexicano es sin duda el reflejo de sus propias carencias. El trato a que da lugar la vida en común al interior de las instituciones capitalinas de reclusión ha dado lugar a una serie de procesos que no hacen sino homogeneizar y unificar a la población interna, pensando errónea- mente que una misma medida es omnipresente en su aplicación y que por fuerza, debiera resultar en la esperada reinserción social; pretensión que resulta insuficiente si consideramos que nuestro sistema de readaptación no es sino un medio de justificación institucional de la pena corporal contra la conducta delictiva y lejos de erradicarla, termina por perpe- tuarla y perfeccionarla en la comisión de más delitos.
Sin embargo, el sistema penitenciario también nos permite constatar la inagotable capacidad adap- tativa del individuo. Desde la prisión de Belén y el Palacio Negro de Lecumberri hasta los actuales reclusorios capitalinos, numerosas son las historias que se discurren en torno a los métodos emplea- dos para la expiación de la pena. No obstante su incierta viabilidad e ineficacia, presentan como hilo conductor el desarrollo paralelo de formas de expresión simbólica como elementos primordiales de su convivencia grupal.
Decimos “desarrollo paralelo”, porque si bien des- pliega esas formas de expresión, como producto del contexto mismo de la reclusión, lo hace en función de las actitudes adquiridas en su convivencia social previa al encierro. Así, no es que el interno produzca un nuevo proceso de comunicación; antes bien, ade- cua el existente a su entorno y especialmente, a esos productos naturales que Cassirer ha dado en llamar como formas simbólicas, herramientas necesarias para abarcar las formas de la vida cultural humana en toda su riqueza y diversidad, cuando la razón y la lógica ya resultan insuficientes.
Por lo tanto, convenimos con la propuesta de Cas- sirer para que, en lugar de definir al hombre como un animal racional, le definamos como un animal simbólico. El lenguaje, el mito, el arte y la religión


































































































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