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Ciencias Económico Administrativas
(Valentín et al., 2005). De ahí que el líder, moral o impuesto, deba ejercer su autoridad ante “una so- ciedad que prefiere la anarquía” (Llano, 1998, p. 22), es decir, la supresión de los principios. La autoridad hace en el plano social lo que en el plano individual hace la conciencia: impulsar hacia el cumplimiento de la ley, ayudar en ese cumplimiento pues, como toda institución social, ésta participa de los defectos y virtudes de la sociedad en que ha sido creada y se desenvuelve.
Paradigmas del liderazgo
Hay líderes que nacen con capacidades innatas, pero también el liderazgo puede ser aprendido y enseñado. Al respecto, dice Jemes M. Kouze en El líder del futuro, citado por Álvarez de Mon (2006, p. 9), que “el líder no es un gen”. Y, en cuanto a si se nace o se hace líder, refiere que “tiene mucho más que ver con lo segundo que con lo primero”.
Por su parte, sentencia Goleman (2002), refiriéndose a la emotividad de los líderes: “el temperamento no es el destino”. Lo contrario sería optar por un determinismo cómodo y fatalista que exime al ser humano de pelear en la vida (Álvarez de Mon, 2006; 2001).
Algunas de las capacidades inherentes a los líderes que modificaron sustancialmente las sociedades que les tocaron vivir son: un olfato poco común para rastrear y husmear por dónde discurren los anhelos y ansieda- des del pueblo. Los líderes son como sabuesos de lo intrahumano. Además, una habilidad excepcional para comunicar, captar y retener la atención, para provocar y mantener altos los ánimos. Asimismo, un talento para influir en las conductas y formas de pensar de los dirigidos. Y, finalmente, una fuerza descomunal, una osadía sin par para movilizar a las masas que les siguieron (Álvarez de Mon, 2006).
Liderazgo y complejidad: variedad dimensional
En todas partes del mundo, bajo una perspectiva globalizadora y de pensamiento complejo (Zabala, 1999; Morin, 1999; Keagan, 1994), el liderazgo se considera como la solución para casi todos los pro- blemas institucionales –de ahí su carácter mítico y paradigmático-. Como establece Álvarez de Mon (2006), “los ciudadanos de hoy buscan afanosamen- te y reclaman a voz en grito un liderazgo fuerte y preclaro que guíe la nave humana en esta difícil travesía”. Se nos dice que los Estados-Nación, sobre
todo los “emergentes”, padecen de innumerables infortunios debido a la falta de visión de sus líderes; que las escuelas funcionarán mejor si sus directores ejercieran un fuerte liderazgo institucional y de redes. Así, en este mundo planetario (Morin, Roger y Motta, 2006), la gerencia media considera que sus organizaciones saldrían adelante si tan solo la alta dirección tuviera la visión y la habilidad para señalar las estrategias a seguir a través de un “au- téntico y verdadero liderazgo”. A pesar de que el clamor por el liderazgo pareciera ser de carácter universal, no siempre está claro qué se quiere decir con dicho término (Bolman y Deal, 1995).
El liderazgo ha sido estudiado bajo una infinidad de dimensiones: como rasgo, característica, perso- nalidad, habilidad, condición, proceso, entre otras, derivando en distintas definiciones (Mbawmbaw, Rivera, Valentín, Téllez y Nieto, 2006). No sólo lo individual y ambiental, sino las actitudes, necesida- des y características de los seguidores, las estructu- ras y propósitos de la institución u organización, la naturaleza de la tarea y del entorno social, econó- mico y político, contribuyen al complejo fenómeno del liderazgo.
Asimismo, existe la muy difundida creencia de que hay algo particular en los líderes que los diferencia de otros y que, incluso, nace con ellos. En realidad, sólo se trata de una condición netamente humana, cuyas diferencias individuales se potencian o inhi- ben de acuerdo con las oportunidades que brinda el entorno en una relación sistémica permanente. De ahí su propia complejidad, puesto que el ser humano es, por antonomasia, complejo.
La gestión de las propias emociones, incluida la in- teligencia emocional, fue definida por primera vez por Peter Salovey y John D. Mayer (1990), Salovey y Sluyter (1998), Mayer, Salovey y Caruso (2000) y popularizada después por Goleman (2002), que la referenciaba como un aspecto hasta entonces menospreciado y quien la equipara, de hecho, con el mismo liderazgo.
Al sintetizar los principales aspectos que han carac- terizado la evolución en el liderazgo a través de la historia, éstos pueden englobarse en torno a tres grandes ejes (Lorenzo, 2005; Lorenzo y Pareja, 2006):
Una primera forma interpretativa es aquélla que re- coge las tendencias que se centran en las cualidades intrínsecas del individuo para explicar el liderazgo.
INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 8, No8, DICIEMBRE 2009
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