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INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 10, No10, DICIEMBRE 2011
Facultad de Ciencias Humanas
Pero en la medida en que avanza la lectura, vemos que Don Quijote piensa sinceramente en el benefi- cio de su siervo y su familia cuando la oportunidad se los premie, no sólo con la ínsula prometida sino con ascenderlo en su nivel social y hacerle caballero si es preciso, incluso le recita pasajes de libros que Sancho ni remotamente leerá, pero con el genuino deseo de incrementar su preparación y experiencia; Sancho por su parte va dejando de lado la incre- dulidad inicial para dar paso a la fe en su señor, a pesar de que las evidencias dicen lo contrario y termina por creer sus devaneos o bien, justificarlos por tratarse él de un rústico aldeano expuesto a los encantamientos de los hechiceros que no le permi- ten ver lo que su amo ve.
Se hace presente el “Valor del aprendizaje” (Ló- pez, 2005, p. 196) que es definido como aquél que hace posible la asimilación voluntaria de conoci- mientos y habilidades para mejorar. Esto podemos verlo en la afición a la lectura de Alonso-Quijote, vista como una suerte de ejercicio auto-didacta, o bien, en la graciosa conducta de Sancho, quien no obstante su rusticidad, hace manifiesta su sabiduría natural y buen juicio, no sólo al pronunciar ingenio- sos refranes casi sin esfuerzo, sino al acuñar jocosos vocablos, como el “baciyelmo”, cuando su amo estaba convencido de que se trataba del casco de Mambrino y no una bacinica de peluquero, logrando así una genial integración de realismo y fantasía.
Vemos también el “Valor Verdad”, que correspon- de a lo que cada ente es de conformidad con su naturaleza (López, 2005, p. 197). Así, aunque a los ojos de los demás no es sino un pobre trastornado, Don Quijote está realmente convencido de que es un Hidalgo con el linaje de antaño y con la misión de resucitar el honor caballeresco. Siendo ésta su naturaleza, entonces todo su comportamiento re- sulta congruente con la misma: su indumentaria es motivo de extrañeza, pero él se siente el más digno de los caballeros, a pesar de la celada de cartón y el peto abollado; habla con el léxico y la parsimonia medieval aunque nadie le comprende; conserva la fidelidad a Dulcinea sin pensar que más de uno cues- tiona la existencia de semejante beldad. Y Sancho le atiende solícito, cual debe tratarse a un caballero de semejante alcurnia.
En los últimos capítulos de la primera parte, vemos a un Don Quijote ciertamente diezmado por las penurias y los golpes, pero firme en sus propósi- tos. Sus amigos ya han ido a buscarlo y a base de
engaños logran atraparle para llevarlo de vuelta a casa. Pero la empresa no es sencilla. Víctima de sus propias fantasías, el Hidalgo manchego asume por verdadera la encomienda de la supuesta princesa Micomicona, a pesar de los muchos esfuerzos de Sancho para hacerle ver que no es otra sino Dorotea disfrazada y que su conducta dista mucho de ser propia de una dama de tal linaje.
En medio de la empresa de cuidarla y ayudarle a recuperar su reino, conoce las historias de otras parejas, cuyo común denominador suele ser la belleza de la doncella, el arrojo del mancebo, el amor entre ambos y las desventuras para poderlo consumar. Don Quijote las atiende, pero más como espectador que como protagonista, toda vez que al final la obra se convierte en la sucesión de otras anécdotas además de la vida del Hidalgo.
Pero también encontramos antivalores según lo expuesto por López de Llergo, que en un momento dado y a guisa de su reiteración, no sólo desalientan la perfección del ser sino que terminan constituyén- dose en hábitos malos, es decir, en vicios. De entre todas las injusticias a las que se enfrenta y pretende erradicar, el Hidalgo manchego desafía a la mentira y al deshonor de quienes deliberadamente no cum- plen con la palabra empeñada, como sucede con el patrón de Andrés; a la obcecación del amante rechazado quien malgasta su vida en aras de un amor que nunca fue alentado, como Grisóstomo; a los pícaros que poco les importa pasar por las demás personas con tal de sacar provecho de ellas, como hace el ventero; a los ladrones como Ginés de Pasamonte que despojan de su patrimonio a sus semejantes sin agradecer los favores recibidos.
En este sentido, Don Quijote demuestra el verda- dero perfil del caballero, el cual retoma y sintetiza Basave: “un caballero es aquél que siendo afable, bien criado, cortés, comedido y oficioso, no sober- bio, no arrogante, no murmurador y sobre todo caritativo...” (Basave, 1959, p. 150). El Hidalgo man- chego demuestra así la generosidad de su alma, su abnegación y desprendimiento, su deseo por hacer favor a sus semejantes y perseguir su ideal, que en pocas palabras, es el “Valor bien”, siendo éste el beneficio que reporta la naturaleza de cada ente (López, 2005, p. 195), por parte de quien se hizo caballero para defender la justicia en el mundo, corrigiendo con su locura la falta de juicio de los hombres a la conquista de sus ideales.


































































































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