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Dimensión simbólica
El hombre se relaciona con el mundo a través de un tejido simbólico; no se encuentra ante natura en lo inmediato, sino que existe una mediación significativa que constituye una realidad humana heterogénea que se vincula con su contexto social. El mundo cobra sentido cuando se le observa, se le transforma, se dialoga con él y se le trata de entender. A partir de esto, se crean imágenes que se materializan artificialmente en los mitos, el arte, la ciencia, entre otras áreas (Cassirer, 1987, p. 48). La razón, en un sentido apolíneo, no es el eje del hombre, su perspectiva se construye de complejos emocionales y simbólicos que significan el lugar don- de se encuentra. Esa dimensión espacio temporal en la que existe, le permite ubicar su cuerpo con en un “aquí”. De ese “aquí” ubica al otro en un “ahí” y con la mirada se relaciona con él, es participación con el otro (Gadamer, cit. en Fernández, 2006). Ese otro es su reflejo que le otorga una existencia que cobra sentido con sus acciones que se simbolizan.
Lo simbólico refiere a relaciones arbitrarias del signo con el objeto. Esta arbitrariedad no se limita sólo al código lingüístico que lo nombra, sino a la representación con una construcción profunda de significado. Barthes, desde la perspectiva saussuriana, explica que en la relación simbólica del signo, el significado sobrepasa al significante por lo que la forma de una cruz puede identificarse con el pensamiento cristiano: “...una masa profunda de creencias, de valores y de prácticas” (Barthes, 2002, p. 287). Esta relación es tan fuerte en su tejido que no se puede identificar la relación entre significado y significante porque deviene de una construcción y reconstrucción cultural histórica que no refiere a la imagen de un objeto inmediato.
Este complejo sígnico pertenece a lo humano, a la forma de entablar una relación con lo que se presen- ta en el mundo histórico-social. Así, actos como el trabajo, la guerra, los nacimientos pasan por una red simbólica que los atavía de connotaciones diversas y a veces, apartadas del fin primario (Castoriadis, 2013, p. 187). La carga simbólica se puede ubicar en dos vertientes: la individual y la social; la que parte del uno y la que deviene y se integra con un contexto. Por tanto, la construcción simbólica no es libre e ilimitada, sino que se monta a partir de lo que está en la naturaleza y en lo histórico (Castoriadis, 2013, p. 194).
Facultad de Ciencias Humanas El imaginario social
A partir del simbólico que se constituye con un sig- nificado profundo que no existe y no pretende ser racional; se desplaza el sentido primario de signifi- cación y se conforman imágenes simbólicas de una “realidad”: (Castoriadis, 2013, p. 204). Lo simbólico presupone una capacidad imaginaria que represen- ta una cosa que no es. El imaginario social constituye relaciones en un imaginario efectivo, es decir, que ya está identificado y establecido socialmente (Cas- toriadis, 2013, p. 204). Este fenómeno implica una carga racional o real, ya que se vive con una lógica evidente, independientemente del origen no lógico. La ponderación de significaciones nada tiene que ver con las necesidades económicas o sociales previas a la constitución de la sociedad, sino que son de carácter significativo y por tanto, como Castoriadis refiere, son del orden creativo e indeterminado (Castoriadis, 2006, p. 79). Por ejemplo, cuando se practica el respeto y ejecución de leyes divinas o terrenales, no se procura un cuestionamiento sobre su realidad o necesidad social previa. Al contrario, se cimbra una relación simbólica de confianza que es alimentada por una institución social efectiva que mantiene al imaginario, cuyas funciones son: 1. instituir y crear, 2. mantener y justificar, y 3. cuestio- nar y criticar un orden social. (Cabrera, 2004, p. 3).
La institución
La institución se refiere a un organismo social que implica actos, saberes, relaciones, hábitos, que son productores de significado y de formas de organi- zación en un contexto socio-histórico determinado (Kaminsky, 1990). El análisis de este fenómeno pue- de ser complicado porque la institución es intangible y el observador está inmerso en ella (Castoriadis, 2002, p. 116). Dos características identifican a la institución y explican por qué no es perceptible:
1. Afirma que el imaginario no es obra humana. Se puede concebir a la institución como obra divina, sin embargo creación humana. Esta concepción se debe a qué en lo cotidiano se vive en un: “...así es y siempre ha sido así...”. No se encuentra una explicación directa y concreta.
2. Los individuos están formados para ser absor- bidos por la institución de la sociedad (Cas- toriadis, 2002, p. 118). Ésta les permite dirigir la imaginación en una fuente de creación en el nivel colectivo que se materializa en obras, música, pintura, relatos, entre otros.
INVESTIGACIÓN UNIVERSITARIA MULTIDISCIPLINARIA - AÑO 14, No 14, ENERO - DICIEMBRE 2015
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